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    jueves 6 de mayo de 2010

    Sometimes you just hit the right spot

    Alguna vez, había escuchado a mi abuela hablar de una amiga a la que criticó constantemente por la necesidad que tenía por experimentar cosas extrañas, fuera de lo ordinario. Su amiga gustaba de tener historias extraordinarias para experimentar los diferentes sabores de la vida y así poder hablar de ella en toda su gama de posibilidades. Mi abuela me dijo que eso, más que ser extraordinario, era extravagante; hacer cosas raras por placer no hace que tengan la misma sensación que cuando te suceden sin que las esperes.

    Yo sufro de experiencias extraordinarias, porque, créanme, nunca pido que me pasen todas esas cosas en las que posteriormente me veo envuelto.

    Rápidamente, podría decir que en esta semana he tenido dos encuentros, cada uno con un maestro diferente, en el que me dicen que no me interesa su clase y que estarían mejor sin mí... con decir que uno de ellos me dijo que no entendía por qué estudiaba teatro.

    Estos pequeños ejemplos sólo son pequeñas rarezas que me encuentro a lo largo de mi camino; muchos me dirían que no tiene sentido que los maestros me digan eso, pero de todos modos lo hicieron y sus razones tuvieron.

    La historia que realmente quiero contar es algo que me pasó camino a la escuela, antes de que sufriera el segundo regaño por uno de mis maestros.

    Camino a la escuela, subí al camión que siempre tomo cada vez que se me hace tarde, es decir, siempre. Ya sentado y perdiendo el tiempo en lo que avanzaba, se sentó junto a mí un señor que iba a la biblioteca central.

    Poco después, me preguntó si estaba cerca, porque tenía problemas para caminar. La distancia era tan corta y, como la facultad de filosofía y letras está junto, no sólo me ofrecí a decirle, sino también a acompañarlo; diferencia no había, yo iba al mismo lugar.

    En el camino, comenzó a contarme su historia: era un hombre que vivió toda su vida en Atizapán y tuvo que vender su casa; ahora, vivía en un pequeño poblado en las orillas con el estado de Hidalgo. Venía desde allá porque quería revisar si podía publicar un libro sobre todas las leyendas que ha escuchado de su nuevo poblado: un conjunto habitacional cerca de una montaña popularmente conocida como el pico del diablo.

    Al parecer, el pico del diablo tenía una pequeña entrada que llevaba a una ciudad dorada, pero nadie llegaba y nadie salía. De todas las personas que entraron, sólo salieron dos, y ambos murieron a las pocas semanas de salir. Como algo más, el señor me dijo que en lo alto de la montaña hay una casa, digna de un ermitaño, que siempre se iluminaba y producía un brillo extraordinario a su alrededor.

    Eso no era todo lo que el señor me contaba. Después de la historia del pico del diablo, me contó de un viejo cuento que le contaron en su ciudad natal: Veracruz. La historia hablaba de una caverna junto al mar que estaba llena de oro; al parecer, uno de los tantos tesoros piratas que surgieron por todo el Caribe y el Golfo de México. La leyenda decía que la cueva estaba llena de todo tipo de metales, pero nunca pudieron comprobar donde estaba exactamente.

    Cuando parecía que la historia se acababa, el señor comenzó a contarme de su juventud. Fue un atlético militar que nunca terminó la carrera y se convirtió en un autodidacta que nunca tuvo problemas económicos. Me contó de sus logros en atletismo y del placer que tuvo al autoinstruirse. Tan grande era su cultura física, que, aunque parecía tener unos sesenta años, me dijo que tenía setenta y uno.

    No sé que tan cierto fue todo esto, pero el señor me cautivó con todas sus historias. Me dio una tarjeta de presentación y me pidió mi teléfono para luego hablarme de todas sus historias, ya que le confesé mi interés por todo lo que me contó y mi gusto por escuchar y escribir historias.

    No estoy seguro de volverlo a ver, pero apuesto a que nunca conoceré de manera tan imprevista a un señor como Miguel Ángel Cortés Chiñas me dijo que es.

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